En casa tenemos dos gatas, Zulemita y Ponchita, son hermanas, son grises y difíciles de diferenciar. De manera que cada vez que una gata se nos acerca nos preguntamos “¿ésta cuál es?”. En mi casa todo el día se escucha esa pregunta: “¿ésta cuál es?”. Nos cuesta la singularidad del gato.
En las redes la singularidad impera. Hablamos desde el yo, el yo de cada uno discute con el yo de otro que escribe desde su yo. Lo colectivo está, pero ese nosotros se usa como una herramienta del yo para imponerse sobre otro yo. Pero nada de esto es muy importante, porque las redes hacen que unas ideas prosperen y otras se destruyan. Unas y otras por el sencillo trámite de circular por ahí.
Milagro Sala, Julio De Vido, Cristina, están presos por la potestad del Poder Judicial pésimamente llamado: La Justicia. Este poder corrompido aplica penas para modificar la política. Por ende modifica la vida del país, de la comunidad, cada una de nuestras vidas. Por contrapartida protege a los criminales que destruyeron y destruyen nuestro país y nuestras vidas. La bala que no salió.
Perder las elecciones fue una especie de malentendido. Se calculó que llegar a la final compitiendo contra un enfermito aseguraba el triunfo. Perder fue no sólo perder las elecciones sino también perder el rumbo y la autoestima. Cuando ves que tu racionalidad (fundada en la querida y clásica sensatez) no sirve para nada, la derrota se vuelve furia y debacle.
“Los peronistas somos como los gatos: cuando parece que nos estamos peleando, en realidad nos estamos reproduciendo”, dijo Perón. Es feo tener que recordar qué pasó en los 70 entre aquellos gatos para que comprendamos que Perón hizo un chiste. Por lo menos no es seguro que los peronistas cada vez que nos peleamos luego nos reproduzcamos. A veces nos debilitamos, nos extraviamos, perdemos el tiempo y enfriamos o cocinamos el corazón de los compañeros. Sin embargo, no falta el animoso que justifique esos perjuicios creyendo que el chiste es infalible.
Estos párrafos, acertados o fallidos, son parte de un cardumen interminable de descripciones que se volvieron nuestro discurso. Imparables descripciones de lo que ocurre --“lo que acontece”, dice el periodismo abrasilerado--. Y lo que ocurre es insoportable, injusto y sobre todo inentendible. Y alimentamos el tsunami de descripciones sin encontrar respuesta, porque solamente tenemos respuestas para nuestros defectos. La baja autoestima sólo nos dejó lugar para ese gesto que en pos de autocrítico devino culposo y autodestructivo.
Soltaron los demonios de Epstein (más que sus archivos) y tuvimos que abrazar el mundo de los conspiranoicos. Occidente manejado ya no por el dinero sino por personas perfectamente maléficas, sádicos que ofrendan la humanidad a su culto satanista. Corporaciones que no son más que el medio para que las huestes de Lucifer dominen. Nos encantaría rebatir ese delirio o combatirlo, pero las pruebas que nos muestran no sirven para eso, son su Manifesto sobre la Tierra. Con esas pruebas nos ponen un sello y nos dejan seguir un rato. Uno se siente un poco medieval y milenarista, y descubre lo parecido que suena a “mileinarista”. Parece el fin de los tiempos. Después de la bala que no salió.
Hay maestros que enseñan, hay médicos que curan, hay gente que se enamora, hay hombres que empujan el carro de otros, hay madres que siguen pariendo y el amor discurre en silencio cuando nadie lo mira, ni lo quiere ver. Hay buena voluntad entre nosotros, somos muchos los que vivimos sin cagar a nadie. Conocemos a tantísimas personas que se ofrecen generosas. Sabemos que los abrazos que sanan los tenemos cerca. ¿Y entonces por qué parece tan real que nuestro mundo es de Trump y de Milei?
“Abrumados” es una palabra muy linda. Y nos describe. Abrumado es sentirse sin fuerzas, sentir agobio, agotamiento, una opresión que se volvió hastío y de la cual ya no podemos decir nada. Estar abrumado es ya no tener fuerza. Pero abrumado también contiene bruma, una neblina que nos confunde y no nos deja ver qué tenemos alrededor, qué hay, qué no hay, y qué somos. Sospecho que estamos abrumados porque nos abrazamos a esa bruma en lugar de detectar lo luminoso cuando nos enfocamos. Todavía hay fuerzas entre la bruma.
Imaginemos lo abrumados, lo hastiados que van a estar en un futuro quienes creen que esta desertificación tiene futuro. Cuando el derrumbe de esta tropelía llegue, cuando hayamos salido de la bruma, cuando hayamos encontrado la forma de no reproducirnos como los gatos, cuando Cristina esté libre junto con todos los compañeros que deben estar libres, cuando pongamos a los jueces enviciados fuera de los tribunales, tendremos que estar ahí donde estuvimos antes para otra vez reparar todo lo que el Poder destruyó. Y las mentes. Y esta vez, sobre todo, las mentes. Y aunque me suena raro, también estoy pensando en las almas. Y en las nuestras.
Había dejado de escribir estos párrafos por acá y se me ocurrió escribir un tuit en la red de Elon. Ahí comento sobre un medio importante que compara a 678 con el estúpido ministerio de aplastar las discusiones verdaderas que inventaron los fachos. Me responde una compañera cambiándome de tema: “Cristina Libre!!! Así tenés que empezar cualquier mensaje. Después decí lo que quieras, Barragán”. Y me volví a abrumar. ¿Creerá la compañera que no quiero que Cristina esté libre? ¿Creerá que si me forrea, hay cosas que se van a solucionar? ¿Pensará que si alguien no quiere que esté libre lo puede convencer así? ¿Supondrá que si todos empezamos nuestros mensajes “Cristina Libre”, eso la podrá liberar? A lo mejor existe el algoritmo salvador.
Yo la vi a Cristina en la ONU dando un discurso que Ernesto Guevara le hubiera envidiado. Fue presa por ese discurso y por ser consecuente con él durante años, presa de las embajadas y de los magnettos locales y los magnates de ultramar. Está presa para que entendamos que hacer feliz, grande y respetada a la Argentina es un crimen que se paga. Por eso sería mejor invitarnos a liberarla y a liberarnos, mejor que boludearnos. Porque somos gente grande y muchos tenemos las marcas que nos dejó el enemigo que nunca te suelta. Somos muchos que queremos volver a confiar en el compañero de al lado, y que el compañero de al lado confíe en nosotros. Volver a ser compañeros, almas amigas peleando por lo mismo. Peleando juntos. Peleando de nuevo. O seremos un chiste de Perón. Entre la bruma. Buscando una consigna salvadora. Extraños y extrañando.
El año pasado tuvimos ratas en casa, y no había gato. Mi compañera no quería un gato por eso de los cuidados y las ausencias, etc. Y las ratas seguían viniendo, hasta que mi compañera decidió que sí, que tendríamos gato, pero dos gatos. Porque se acompañan entre sí, dijo. Zulemita y Ponchita no son gatos de Perón, son hermanas y encima no se pelean. Y las ratas no volvieron más. Es cierto que las gatas están castradas, ¿pero quién no lo está de alguna manera?
Carlos Barragán

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